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...::: Las gracias de la democracia :::...
JUAN MANUEL PRIDA BUSTO
La democracia es simpática, juguetona, graciosa. Y hasta un tanto picaresca o burlona, si se prefiere. Dice ser la expresión del pueblo, el vivo retrato mayoritario de un conglomerado, la médula de una sociedad, y hace que un grupo de ciudadanos la represente.

Y celebra el momento culminante de su existencia, donde prueba la efectividad de su existencia, de su real razón de ser, con una fiesta de papeles que el pueblo deposita, como sentencia de vida o muerte, en unas urnas.

Horas o días después, la democracia, muy oronda, proclama con gran algarabía, el triunfo de la voluntad del pueblo y exhibe con placer y mucho orgullo a sus elegidos, a los hijos predilectos de una comunidad que servirán de voceros, mentores y guías de sus ciudadanos.

Semanas, meses después, esos hijos predilectos de la comunidad se hacen con las riendas de la conducción de su destino.

Juran y vuelven a jurar estos privilegiados ciudadanos que actuarán con probidad y, sobre todo, con estricto apego a las leyes y al clamor de la colectividad que, de manos de la democracia que representan, los llevó a ocupar esas posiciones.

Tiempo después, poco o mucho, dependiendo de las circunstancias, la estrepitosa maquinaria estatal va haciendo que a los representantes del pueblo, a los hijos bienamados de la democracia, se le taponen los oídos.

Así, arrellanados en sus poltronas, contemplan a la distancia, como quien mira un paisaje difuso, en brumas, el trajinar de sus conciudadanos, de aquellos que por la magia de un simple trozo de papel depositado en una urna, los llevaron a ocupar esas cómodas posiciones.

En su distraída contemplación, de repente, un destello de razón los transporta a un pasado reciente, muy reciente, de apenas unos meses. Se ven, entonces, entre esos que ahora están tan lejos de su nueva situación, y los miran incluso con lástima. ¡Pobrecitos! exclaman, para concluir diciendo, entre sarcasmo y cierta dosis de desprecio o rechazo, "y pensar que hace poco yo era uno de ellos".

Y, desde su apacible olimpo, vieron estos afortunados hijos exquisitos de la democracia que la posición era próspera, y prosperaron, mientras abajo, a sus pies, sus vecinos y allegados se rompían el lomo como de costumbre. Estos hijos de vecino miraban con tristeza y desencanto a quienes llevaron a esas posiciones para que les echasen una mano en su ardua tarea de ganarse el derecho a la vida.

Escucharon gritos, clamores de la muchedumbre, pero ellos, a lo suyo, bastante ocupados en disfrutar el cuerno de la abundancia, y tratando de compaginar bonanza con apariencia.

Y muchos crearon emporios, florecientes puntos donde dinero y poder fluyen como mágicos manantiales.

El pueblo, esa comunidad a la que se deben y juraron apoyar, defender su sudor y lágrimas y trabajar por sus integrantes, aumenta sus clamores, sus protestas.

Ellos, los bienamados de la democracia, empeñados en su afán de acrecentar su poder, de afianzar su posición, se visten de una coraza que los aleja cada vez más de los que una vez fueron sus pares, sus iguales en queja y reclamos, con los que una vez lucharon, lloraron, clamaron por ser mejor tratados, mejor considerados.

El pueblo llano no salía de su asombro. Tantas ilusiones, tantas promesas, tanto hablar, y todo quedó en sueños, en lo mismo, una historia que se repite hasta el cansancio, una rueda que da vueltas sin fin a lo mismo.

Ese pueblo llano, llevándose las manos a la cabeza, y con profunda tristeza y mayor dolor, se preguntaba si todo eso no sería una broma de mal gusto, una gracia de la democracia.